Antes de la guerra, durante, ¿y después?

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Antes de la guerra, durante, ¿y después? Escuchar historia online

Todavía recuerdo cómo era linda la plaza que quedaba cerca de la casa donde vivía. Tenía árboles alrededor, pero en el centro solamente había bancos y pistas, en las que los chicos jugaban con el skate o con las bicicletas. ¡Era muy bueno! Mi abuelo, mi abuela, mi papá, mi mamá, mi hermana más grande y yo, de vez en cuando, pasábamos un día de la semana y hacíamos un picnic.

Cuando eso sucedía, era como si fuese un día de fiesta: había té, una especie de paté de garbanzos (que a mí me encantaba… ¡y todavía me gusta mucho!), lo comíamos con un pan especial que mi abuela preparaba y, como postre, a mi abuelo le gustaba llevar higos, ciruelas y otras frutas, pero a mí me gustaba cuando había sandía, porque con ella uno hace dos cosas al mismo tiempo: come y bebe. ¡Y eso nos da más tiempo para jugar!

Después de descansar un poco, mi abuelo y mi papá iban conmigo hasta las hamacas. Los dos eran bien fuertes, pero yo iba más alto en la hamaca cuando mi papá me empujaba. Él siempre me decía que, en poquito tiempo más, yo podría jugar en la hamaca grande que había cerca de la escuela. Solo los alumnos podían jugar allí, y en un poquito de tiempo me iban a matricular en aquella escuela. ¡Ya estaba todo arreglado!

Daraa es una de las ciudades más antiguas de Siria y, tal vez por eso, yo también creía que era muy tranquila. Nuestra familia nunca había enfrentado problemas hasta que, una mañana, el muro de la escuela que quedaba cerca de mi casa apareció con un grafiti. Aún no sabía leer, y por eso no descubrí lo que estaba escrito allí.

Solamente más tarde, cuando mi papá llegó de su trabajo, supimos de la historia. Algunos muchachos habían hecho los graffittis. Por lo que entendí, el que estaba dirigiendo en el país no estaba muy feliz con lo que estaba escrito allí y mandó a la policía para que prendiera a quienes lo habían hecho.

Mi papá dice que todos los vecinos del barrio estaban enojados, porque creían que era un castigo muy grande por lo que los muchachos habían hecho. Algún tiempo después, los soltaron, pero mucha gente comenzó a ir presa y a ser lastimada.

La comida comenzó a disminuir en los supermercados. Mi hermana y yo vimos un tanque del ejército bloqueando la calle de uno de los mercados más grandes. Muchos vecinos dijeron que la vida en Daraa, y en todo el país, iba a ser cada vez peor.

Algunos hablaban de irse a otro lugar, y muchos de ellos —realmente— se fueron. ¡Las calles comenzaron a quedar desiertas!

Otro día, estábamos comiendo y escuchamos un ruido muy, muy, muy fuerte:

— ¡Una bomba! —escuché que mi padre decía, y todos nos metimos debajo de la mesa.

Tenía mucho miedo. Después, hubo un silencio y un polvo blanco tapó todo. En la misma semana supimos que mi tío había desaparecido misteriosamente. Entonces, quedamos sorprendidos con mi papá diciendo:

— No vale la pena quedarnos aquí y arriesgar la vida. ¡Nos vamos!

Fui a mi habitación y lloré mucho, mientras escuchaba explosiones por todos lados. No iba a poder hamacarme más ni en la plaza ni en la escuela. ¡Era muy triste tener que dejar mi querida ciudad de aquella manera!

Pocos días después conseguimos salir de allí en una camioneta y cruzamos la frontera como turistas. No vimos más ni a mis abuelos ni a cualquier otro pariente. Yendo de un país a otro, finalmente llegamos a Sudamérica, donde fuimos recibidos por una familia de libaneses. Somos, como me explican, refugiados. El idioma es muy difícil, pero todos dicen que estoy haciendo las cosas muy bien.

Mi papá consiguió hacer contacto con un primo que todavía está viviendo en Daraa, y él le contó que las cosas solo empeoran por allá. Yo quería mucho que las cosas en Siria volvieran a ser como eran antes: ¡mi país era lindo!, y sé que un día volveré allá, pero todavía no sé cuándo eso va a suceder. Sudamérica es bonito, ¡pero extraño mi casa!

Adaptado de Sueli Ferreira de Oliveira. Ilustración: Ilustra Cartoon.

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