Dos zapatillas y una sorpresa

Dos zapatillas y una sorpresa

Dos zapatillas y una sorpresa Escuchar historia online

–¡Mira qué lindas zapatillas, mamá! –dijo, apuntando con el dedo a la vidriera.

La mamá, naturalmente, enseguida entendió cuál era la intención de aquel comentario.

–Realmente, bien bonitas.

Juan tenía la esperanza de que recibiría una gran sorpresa para el día de su cumpleaños.

–¿Quién era aquel muchachito que estaba jugando al fútbol con ustedes en la escuela? –preguntó la mamá, unos días después.

–Él es Sergio, el chico nuevo.

–Vi que estaba jugando con ojotas… Se lo notaba muy incómodo.

–Él no tiene zapatillas. Va siempre con esas ojotas viejas a la escuela. El otro día, le presté mis zapatillas para que pateara un penal: con aquellas ojotas no iba a poder pegarle bien a la pelota.

Al día siguiente, la mamá le preguntó:

–¿Qué te parece si vamos a tomar una merienda en el centro comercial?

Claro que la respuesta de Juan fue un “¡Sí!”, ¡y de los más animados!

–Después que comamos alguna cosa, quiero que elijas un par de zapatillas. Mejor, no, ¡elige dos!

–¿Dos? –dijo Juan abriendo los ojos lo más grande que pudo–. ¡Eso sí que va a ser un cumpleaños!

La madre le explicó que uno iba a ser su regalo de cumpleaños, realmente; pero que el otro iba a ser una sorpresa para Sergio, el muchachito nuevo de su escuela.

“Quiero que él aprenda a compartir”, le decía la mamá al papá con quien estaba conversando por teléfono, mientras esperaba que Juan terminara de mirar los modelos que había en la vidriera.

Entraron a la tienda y Juan corrió para encontrar a un vendedor. De lejos, la madre observaba la alegría de su hijo. Pero, cuando el vendedor cruzó la tienda con solo una caja de zapatillas en las manos, la sonrisa de la mamá dio lugar a una expresión de duda. “¿Por qué no habrá pedido dos pares de zapatillas iguales? Uno para él, y el otro para su compañero de clase…”

La respuesta vino unos segundos después, cuando Juan agarró la caja y se fue hasta una sección de la tienda que tenía muchas promociones, y empezó a buscar un par de zapatillas más barato.

–Ya elegí –dijo con aire satisfecho.

La mamá estaba con una punta de decepción en su rostro, pero no le dijo nada.

–Puedes usar el mismo papel de regalo para envolver las dos cajas –le dijo la madre, mientras salían de la tienda.

Al llegar a la casa con las cajas bien envueltas, Juan tuvo una gran sorpresa. La madre colocó las cajas en el sofá.

–Juan, ya puedes agarrar tu regalo de cumpleaños.

–¡Uy! Nos olvidamos de escribir los nombres en las cajas… ¿Cómo voy a saber cuál es el mío? –dijo Juan, mirando las dos cajas igualitas.

–No hay problema… ¿Ustedes no calzan el mismo número? Cualquiera de los dos pares te va a servir a ti.

–Servirme me va a servir… Pero yo no quiero aquel otro par de zapatillas.

–¿Cómo? No entendí… ¿Por qué?

–Lo que pasa es que las otras zapatillas son muy…

Antes que terminara la frase, la madre lo interrumpió.

–¿Feas? ¿Eso era lo que ibas a decir?

Él confirmó moviendo la cabeza en señal afirmativa.

–Y si te parecieron feas, ¿por qué no elegiste otro par?

Juan se quedó callado, sin saber qué responderle.

–Ahora, tienes que elegir una caja.

El muchachito miró bien las cajas, pensó un poco y agarró una. Rompió el papel bien rápido y…

–¡Esta! ¡Estas eran las que quería!

–Muy bien, Juan. Mañana le entregaremos el otro par de zapatillas a tu amigo.

–Le dijo la madre, mientras salía de la sala.

La madre estaba preocupada, con esa mirada de tristeza de cuando algo anda mal. Juan sabía exactamente lo que significaba esa mirada. Tomó sus zapatillas nuevas y se fue para su dormitorio, contento con el regalo que había recibido, pero incómodo con la mirada de su mamá.

La alegría y la satisfacción no le duraron mucho. Juan daba vueltas de un lado al otro lado de la cama y no conseguía dormir. Se acordaba de las zapatillas, de su compañero de clases jugando fútbol con ojotas y de la mirada de su mamá…

Al otro día, se levantó temprano para ir a la escuela. Se puso las zapatillas nuevas y “¡Qué sensación extraña!”, pensó. Subió al auto cargando el otro paquete y fue en silencio durante todo el camino, desde la casa hasta la escuela.

Cuando estaba llegando, vio a Sergio sentado en un banco del patio. En sus pies, como siempre, tenía el par de ojotas viejas. Juan fue en dirección a su compañero, le dijo “Hola”, con muy poco ánimo y siguió directamente para el baño. Miró las zapatillas que estaba usando y después miró la caja con el papel de regalo todavía intacto, con las zapatillas que debía darle a su compañero de clase. Él ya sabía lo que tenía que hacer.

–El papel está un poco arrugado –le dijo a Sergio, unos minutos después, mientras le entregaba la caja.

En el camino de regreso a casa, Juan estaba realmente satisfecho con sus zapatillas nuevas, pero más aún por haber hecho la elección correcta, al darle las mejores zapatillas a su amigo.

Cuando el muchachito llegó a su casa, la madre no entendió (ni creyó) lo que estaba viendo. Sorprendida con la actitud del hijo, ella quiso saber detalle por detalle qué era lo que había sucedido.

–Él estaba tan feliz, mamá.

–Dijo después de contarle toda la historia y de explicarle cómo había cambiado de idea sobre las zapatillas y había elegido darle las mejores a su compañero.

–¡Qué bueno que pienses así, Juan! ¡Hacer bien a los otros nos hace bien a nosotros, y nos deja más felices! –dijo la mamá, ahora con una mirada de satisfacción que lo hacía tan feliz.

Aquella mirada hizo que todo valiera la pena. ¡Juan sabía que había hecho lo correcto!

Texto: Anne

Ilustración: Ilustra Cartoon

 

Deja tu opinión o comentario