Martina, la sabelotodo

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Martina, la sabelotodo Escuchar historia online

¿Conoces a alguien que tiene la manía de creer que lo sabe todo? Martina era así. No importaba si el asunto era una tarea de la escuela o una receta de torta, ella siempre decía: “Yo lo sé” o “Ya lo sabía”.
En la escuela, los compañeros la llamaban “Martilotodo”, porque ella siempre sabía todo… o por lo menos creía que lo sabía.
Cuando llegaron las vacaciones, sus primos vinieron a pasar unos días con ella.
–Martina, ¡traje un juego nuevo para divertirnos! Así que…
–¡Ya sé! ¡Ya sé! —ella gritaba, interrumpiendo la explicación que el primo estaba intentando darle.
–No es así, Martina. Te voy a explicar cómo se juega –insistía el primo.
Martina hasta intentaba escuchar lo que el primo decía, pero enseguida lo interrumpía otra vez, creyendo que ya sabía lo que él iba a decir.
Un domingo de sol, el padre de Martina levantó a los niños.
–¡Arriba, chicos! ¡Arriba! Hoy vamos a hacer un paseo por el parque ecológico.
–Ya sé. Ya sé. Es aquel que tiene un lago bien grande en el medio, ¿verdad? —gritó Martina mientras saltaba de la cama.
–Ese mismo, Martina. Ese mismo —concordó el padre.
–¡Lo sabía! —festejó satisfecha.
Era natural que a veces ella realmente supiera de lo que estaba hablando. A fin de cuentas, ella era una chica inteligente y superatenta. El problema era cuando ella exageraba en la “dosis de Martilotodo”. Ya nadie aguantaba más la situación.
Ellos anduvieron en el auto por algunos minutos, hasta que llegaron a la entrada del parque. Era muy grande, con muchos árboles y bancos de madera. Antes de que Martina terminara de extender en el suelo la manta que habían llevado para el pic-nic, el padre dijo:
–¡Les preparé una sorpresa! ¡Vamos a hacer senderismo!
–¡Qué genial! —gritaron los chicos, bien animados por la idea.
–¡Ah, una caminata en el bosque, papá! ¡Ya sé cómo es, papá! ¡Es muy fácil! ¡Yo sé! —dijo la muchachita.
El recorrido que el padre había preparado era por el medio del bosque, con un camino marcado con piedras. Después de que hubieron caminado más o menos una media hora, el padre les sugirió que hicieran una pequeña pausa para comer la merienda.
–Quédense aquí, chicos. Voy a buscar el lugar ideal para extender la manta, sentarnos en el suelo y comer lo que trajimos. ¿Está bien? Por favor, no salgan de aquí, yo ya vuelvo.
Pocos instantes después, Martina ya estaba inquieta.
–Mi papá está demorando mucho… Voy a buscarlo… Yo sé que él fue por ahí… por ese camino… —y, mientras decía esto, se levantó del suelo y se sacudió las hojas que se le habían pegado en su ropa.
–No, Martina —le dijo su primo Andrés–, tu papá dijo que no teníamos que salir de este lugar.
–¡Ya lo sé! Pero yo sé caminar en el bosque. Yo sé hacia dónde él salió caminando; no debe de estar muy lejos. ¡Va a ser muy fácil encontrarlo!
Los primos hicieron de todo, pero “Martilotodo” no quiso escucharlos. Ella simplemente giró sobre sus talones y se metió en medio del bosque, como si supiera muy bien lo que estaba haciendo.
Pasaron un par de minutos, y se escuchó al papá de Martina
–Bueno, regresé. ¡Encontré el lugar perfecto! ¡Vengan! —dijo, mientras estiraba su mano para ayudar a levantarse a los chicos.
Él miró hacia todos lados y abrió los ojos bien grandes:
–¿Dónde está Martina?
–Perdón, tío. Hicimos de todo, pero ella salió atrás de ti. Ella decía que sabía caminar en el bosque, que no había problemas y que te iba a encontrar muy fácilmente… ¡Perdón!
El señor Roberto tomó las manos de sus sobrinos, y los tres juntos salieron gritando por el bosque:
–¡Martina! ¡Martina! ¡Martina!
Anduvieron por todos lados, sin la más mínima señal de la chica. Continuaron gritando, hasta que dos guardias del parque escucharon los gritos y vinieron a prestar ayuda.
Después de caminar, andar y buscar por más de una hora, escucharon a alguien llorando cerca de un gran árbol. Era ella.
–¡Martina! ¿Estás bien? —le dijo el padre muy preocupado.
La chica lo abrazó con fuerza mientras seguía llorando.
–Me perdí, papá. No sabía dónde estaba. Tenía mucho miedo. Creí que sabía regresar, pero me fui apartando cada vez más. Yo no sabía, papá. No sabía… Nunca más voy a hacer eso… Hoy aprendí una enorme lección.
El padre la cargó en brazos hasta que salieron del sendero. Poco a poco, la niña se fue calmando y dejando de llorar.
–Ya está… ya pasó… Ahora vamos a hacer nuestro pic-nic —decía el papá de Martina mientras preparaban todo lo que habían llevado.
Después de que el susto pasó, los tres primos decidieron jugar a la mancha en el parque.
–¡Ven a jugar con nosotros, tío! —le pidieron al señor Roberto los chicos.
–¡Está bien! Pero prepárense, porque ¡soy muy rápido!
–¡Eso ya lo sabía, papá! —dijo Martina, antes de salir corriendo.
Todos se quedaron mirándola, y luego ella dijo:
–Ups, se me escapó… lo siento; trataré de no decir más eso. Me tengo que acostumbrar.

Adaptado de Anne Lizie Hirle. Ilustración: Ilustra Cartoon

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