Un tazón de cariño

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Ya era casi de noche cuando Luana llegó a su casa y se sacó sus botas embarradas. Antes de dormirse, recordó cada minuto de aquella tarde especial.
Todo comenzó cuando, la noche anterior, ella estaba en la sala de su casa con sus padres. De pronto, vieron una noticia en la televisión. La periodista estaba con un paraguas enorme, mostrando escenas de las casas que habían sido destruidas por la tempestad. La periodista mostró un refugio provisorio donde estaban los damnificados.
En ese mismo momento, Luana se acordó del rico tazón de sopa que había terminado de comer. Volvió a mirar la televisión, donde mostraban a unos niños, tiritando y envueltos con una frazada.
—¿No podemos hacer nada para ayudarlos, mamá?
Antes de que la madre dijera alguna cosa, la respuesta se escuchó en la televisión. Era la coordinadora del grupo de ayuda, que estaba pidiendo donaciones de ropa, alimentos y apoyo de voluntarios. “Necesitamos todo tipo de ayuda”, terminó diciendo.
–¡Es eso! —dijo, saltando de sofá.
—¡Tenemos que ayudar! Y ya sé qué podemos hacer. Sobró sopa en la olla, ¿verdad?
–Me parece que no podemos ayudar, hija. Porque la sopa no es suficiente. En ese galpón hay muchas personas.
Luana se sentó otra vez en el sofá.
–Es verdad… Esa sopa no va a servir de mucho…
—Pero podemos pedir ayuda a los vecinos y hacer mucha, mucha sopa. ¿Qué te parece?
–¡Excelente idea! —dijo, levantándose una vez más del sofá.
Y fue eso lo que ocurrió. Al día siguiente conversaron con los vecinos, les contaron la idea y comenzaron a recolectar los ingredientes. Al final de la tarde se reunieron para preparar la sopa. Cada uno ayudaba de una manera distinta: unos pelaban papas, otros cortaban cebollas… Antes de que oscureciera, la sopa ya estaba lista.
–¡Huuummmm! ¡Qué olorcito tan delicioso! —dijo Luana.
—Ahora necesitamos llevar la sopa hasta el galpón. ¿Quieres venir con nosotros? —le preguntó el padre mientras cargaba una caja llena de tazones y cucharas.
—¡Claro que quiero! —respondió Luana superanimada.
Al llegar al galpón, la coordinadora del grupo de apoyo los estaba esperando. Ella pidió la ayuda de más personas para llevar la sopa hasta la cocina que habían improvisado.
Mientras Luana entregaba las servilletas de papel, prestaba atención al rostro de cada uno de los niños. Después de ayudar a recoger los platos, Luana estaba esperando para regresar a su casa. Al mirar hacia uno de los lados, vio a una niñita que se estaba acercando.
–Esto es para ti –le dijo a Luana, mientras le extendía un plato con sopa.
—Eh… no, gracias… es que yo… yo ya…
Paró la frase por la mitad y tomó el plato con sus dos manos.
–¡Muchas gracias! Parece que está deliciosa. —les respondió sonriendo.
Cuando Luana estaba regresando con su papá, miraba cómo sus botas quedaron llenas de barro. Y su papá le preguntó:
—¿Te gustó ayudarnos, hija?
–¡Muchísimo! —respondió, mientras se cerraba el cierre del abrigo.
—Y, además, ¡recibí un tazón de sopa de regalo!
–Un tazón de cariño —respondió el padre, mientras abría el paraguas.

Texto: Anne.

Ilustración: Joseilton.

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